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¿Compramos para llenar nuestros vacíos?

En la plenitud de la soltería uno se siente inmune a la publicidad. Quizá creemos que es justo en esta etapa cuando tenemos el control de nuestra rutina, y que también poseemos la dicha de hacer caso omiso de los mensajes de quienes nos venden lo que consumimos.

Pero la verdad es otra. La publicidad te persigue de formas muy diversas, mucho más sutiles. No te das cuenta cuando estás delante de la televisión durante el medio tiempo de un partido de tu equipo favorito, o mientras hojeas una revista en la sala de espera en el dentista o la estética (muchas veces creemos que nosotros elegimos qué anuncios vemos).

Lo cierto es que caemos en la cuenta de que no todas nuestras decisiones de compra fueron hechas con base en lo que deseábamos en ese momento. Un ejemplo claro de ello es cuando estás a punto de mudarte y en el inventario encuentras escombros de antaño y te preguntas: “¿Dé dónde sale semejante cantidad de tonterías?, ¿por qué compré esto?”, o peor aún “¿qué será esto?”.

«Caemos en la cuenta de que no todas nuestras decisiones de compra fueron hechas con base en lo que deseábamos en ese momento»

La única respuesta a esos bultos de productos sin sentido es compararnos con Canary Wharf, un complejo de negocios proyectado en Londres, cuya construcción a principios de los años 90 se detuvo por la crisis económica en el país. Pero la apariencia del lugar era tan solitaria y devastada que en algunas de las zonas despobladas se colocaron árboles de plástico, para disimular un poco lo triste y abandonado del panorama.

Ésos son los árboles de plástico de los que habla la banda Radiohead en su canción “Fake plastic trees”, basada en una especie de crítica al consumo masivo y al cómo lo hacemos para “llenar” nuestros vacíos.

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