Cómo se vive una cita a ciegas | S1ngular
Sexualidad

Cómo se vive una cita a ciegas

Me rehúso a aceptar frases como “el mejor vino es el que te gusta”. ¿De verdad? (El vino en tetra pak es el mejor ejemplo de lo mal que puede salir esa premisa). También me niego a vivir bajo el entendido de “no lo busques, el amor llegará solo”. Mis más de tres décadas sobre esta tierra me hacen pensar que el amor llega si, y sólo si, estás alerta y con ganas de echarle ganitas.

Hace tiempo, para una chamba, investigué sobre sitios online para tener citas. La web me ofreció joyas como sitios para cristianos, para millonarios y otros exclusivos para favorecer el romance entre amantes del mullet (ese corte de pelo ochentero). La web, democrática como es, también me llevó a ofertas infinitamente más serias, como Seis Grados.

Después de masticar la idea unos días, me volví a sentar frente a la computadora, esta vez en plan personal, y busqué cuál era la diferencia entre los sitios de cuestionario (como match.com) y esta propuesta que te pedía, además de foto, una lana para hacerte socio y para entrevistarte con coaches y terapeutas.

Dejando pasar mis prejuicios, con el “no tengo nada que perder” en la punta de los dedos y una genuina curiosidad (también, debo confesarlo, con ese nudo en la garganta que se forma cuando estás a punto de asumir y exhibir que, por la razón que sea, estás en una página de internet haciendo una descripción de ti y de lo que buscas en una relación), me puse a llenar el cuestionario.

¿Coach personal, terapeuta y conocer al bueno? Reto a cualquier soltero a resistirse a esta oferta. Me apunté, me volví miembro y me aventuré en este universo que juré jamás pisar y que me pareció tan sexy cuando fallaron los cursos de cocina, de vino, el gimnasio, el yoga, el club de literatura y demás actividades extracurriculares que cualquier adulto contemporáneo explora por interés personal y, con mayor o menor descaro, con la oculta intensión de conocer a alguien. Yo me encontré con “El Campeón” (léase con tono de ironía).

Aquí mi experiencia en tres tipos de citas a ciegas.

Blind date: Bici

“Mi jefe vio una foto tuya en Facebook y te quiere conocer”, me dijo G. La buena labor de venta que ella hizo sobre él destacaba el tiempo que pasó viviendo en la isla más grande de Oceanía, su pasión por la arquitectura, el gusto por la movilidad urbana y los movimientos sociales consecuentes, así como su afición por la buena vida, en el sentido más amplio: gusto por el ejercicio y por placeres más sibaríticos. Le dije que le diera mi teléfono.

Después de varios whatsapazos (en los que pasó de demostrar interés a rayar en lo alarmante), quedamos de vernos en un restaurante. El sibarita no cenó (y no, no era una cuestión de presupuesto). Su estadía en la isla en realidad fue un viaje relámpago y sus demás aficiones también resultaron exageraciones y verdades moldeadas. “Me gustaría tener Ecobici”, fue lo último que supe del apasionado por la movilidad urbana.

Speed dating: La boa

El asunto funciona así: las chicas no se mueven del lugar al que fueron asignadas y los hombres van rolando. Cada micro-cita dura entre cuatro y seis minutos, tiempo que puede irse como agua o como debajo de ella. Se ha visto de todo en la viña del speed dating: el chavorruco de 32, el “qué tímido qué te tomas”, el “abrazo libidinoso”, el que se autohalaga… La variedad es infinita (ojo, seguro las mujeres somos iguales, los miedos disfrazados no son una cuestión de género).

Él fue de los últimos en sentarse frente a mí. Coincidimos en mucho, nos reímos y hasta le puse marca bajo la columna de “sí” que venía en la hoja que me dieron al llegar. Sonó la campana, tocaba cambiar de pareja y, antes de despedirse, me soltó un “y también puedo hacer la boa”. Lo demostró, se echó un eructo que malamente intentó disimular con la boca a medio cerrar y con sonrisa de satisfacción se alejó de la mesa. Tratando de borrar el sí, perforé la hoja con mi pluma.

El factor humano: El Campeón

Se necesita más que un fantoche y un borracho para perder la fe en la humanidad, así que le di seguimiento al proceso de Seis Grados y fui a mi entrevista con el psicólogo. La idea es que alguien real te conozca, vea que no eres un psicópata y que todo aquello que pusiste en tu descripción se cumpla más o menos. Además, complementan tu perfil y lo aterrizan con la objetividad que aporta la distancia personal.

La segunda cita es con un equipo de expertos en imagen personal. Ellos te guían y te dan consejos facilitos para sacarte provecho y para no errar de manera garrafal durante una cita. Al final, el equipo de 6G hace un match y te manda un perfil del posible candidato. Si los dos aceptan, se concreta la cita. Ser miembro de este club te garantiza que, durante tres o seis citas, gente capacitada se va a tomar en serio el asunto de encaminar tu encuentro con alguien en tu misma situación.

Con mi idea de un yo mejorado, me preparé para la cita, me puse nerviosa como adolescente y llegué puntual. Él no. La tarde se fue en hablar de él, de sus papás, de sus amigos, de su trabajo, de su departamento y… ¿han visto el video en Youtube de Titán? En fin, también hablamos de su talento y su condición de campeón de tenis de mesa.

Con él aprendí algunas lecciones invaluables. La primera: no culpes a la compañía. En papel y palabras, “El Champ” sí se parecía a todo lo que yo esperaba; sólo nos falló el maldito factor humano. La segunda: así como existe la mala suerte, también espero que en la siguientes, tenga mejor fortuna. Por lo pronto, sigo sin tomar vino de tetra pak y sigo frente a la computadora, pero ahora metida en otros temas. Y esto acaba muy parecido a como empezó todo.