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Agorafobia (viajar… quizá)

En esta época es natural que la gente piense en descansar: irse a la playa, acampar en un paraje lejano o visitar las grandes capitales de la cultura en Europa. Como sea, aspiran a que sus vacaciones también los ayuden a estar lejos de todo, al menos por unos días. Incluso, hay personas que piensan en hacer viajes solitarios para reflexionar, replantearse cosas a nivel personal o, simplemente, disfrutarse a sí mismos. El común denominador de los viajeros sin angustia es éste: no sufren de agorafobia.

Coloquialmente, se cree que la agorafobia es el miedo a los espacios abiertos, como si fuera el padecimiento opuesto a la claustrofobia; sin embargo, en el manual DSM-5, publicado por The American Psychiatric Association en 2013, se establece que este padecimiento es un desorden de ansiedad donde los pacientes se sienten incómodos o en peligro en ciertos ambientes, en especial en aquellos donde hay un amplio exterior, pero también donde hay mucha gente. Para quienes tuvieron oportunidad de ver la película Yo soy Sam (protagonizada por Sean Penn y Michelle Pfeiffer), el personaje interpretado por Dianne Wiest podría ser un ejemplo de una persona con esta fobia.

«Más de 7 millones de personas en México sufren de alguna fobia».

El punto central de este problema no es necesariamente que la gente no quiera salir y divertirse o, incluso, irse de vacaciones; la cuestión consiste en pensar que, si algo les pasa, nadie podría ayudarlos, estarían perdidos, serían muy frágiles. Este miedo a lo desconocido les causa un malestar similar a los ataques de pánico: dolor, mareo, hormigueo, sudoración, malestar estomacal y angustia, entre otros; por lo que los agorafóbicos prefieren recluirse en su casa y no salir a la calle solos.

La Encuesta Nacional de Psiquiatría mostró que más de 7 millones de personas en México sufren de alguna fobia, de las cuales, 4.7% son de tipo social (ahí entra la agorafobia) y los casos más frecuentes se ubican en las grandes urbes, como la Ciudad de México. Este tipo de trastornos, de acuerdo con la Asociación Psiquiátrica de América Latina, se encuentra entre las principales enfermedades mentales en nuestro país, y ha escalado posiciones muy rápidamente en los últimos 30 años.

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La paradoja de la fobia

Expertos de la UNAM coinciden en que la agorafobia puede aparecer por primera vez entre los 14 y los 45 años, aunque, por lo general, los diagnósticos son tardíos en la mayoría de los casos, en especial porque los síntomas son más evidentes en etapas adultas, donde las personas están más expuestas a situaciones de estrés y soledad, pues debemos recordar que el miedo que experimentan estos pacientes se magnifica si no tienen a una persona de su confianza alrededor que pueda auxiliarles en caso de alguna crisis.

«Paradójicamente, esta fobia que se aminora con la presencia de gente de confianza, es la causante del abandono que sufren los enfermos».

Al no poder estar solos en situaciones cotidianas, como subirse al Metro o ir a un supermercado un día de quincena, ni poder disfrutar de paseos o festivales de música, el agorafóbico puede tener problemas para conservar su trabajo, y comienza a aislarse al no poder atender sus compromisos sociales. Paradójicamente, esta fobia que se aminora con la presencia de gente de confianza, es la causante del abandono que sufren los enfermos.

Otra curiosidad es el detonante: generalmente son las situaciones de estrés las que causan los primeros síntomas de agorafobia y, como sabemos, para aliviar el estrés nada como unas merecidas vacaciones. Sólo que, en este caso, el paciente no puede tomar esta decisión tan fácilmente, pues necesita que alguien lo acompañe, prácticamente, durante todo el viaje. Como puede verse, la solución y la causa del problema pueden condenar al paciente a un mundo que comienza y termina en su propio hogar, una situación que puede arraigar otro tipo de fobias y paranoias.

La agorafobia tiene solución y, generalmente, ésta incluye acciones encaminadas a que los pacientes enfrenten los miedos que experimentan. Eso es lo que hacen en los laboratorios en línea desarrollados por la UNAM y el IPN, donde las personas con fobias sociales pueden interactuar con casos semejantes en un espacio virtual y, por tanto, controlado. Sin embargo, la recuperación es un proceso lento que debe ser supervisado por un especialista, ya que, en ocasiones requiere, además, del uso de fármacos. Si tienes a tu alrededor a alguien que sufre de agorafobia, tal vez sea el momento ideal para acompañarlo en su próximo viaje.

Portada del artículo: Raúl Ariño/2010

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