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Acoso callejero: la normalización de la violencia sexual

“Deberían agradecer que las chuleen” o “Cómo les encanta quejarse” son algunos de los comentarios que una mujer invariablemente escuchará (y de los “menos agresivos”) cuando denuncie el acoso callejero, un tipo de agresión tan cotidiano que pasa casi siempre desapercibido y pocas veces se cuestiona, por lo que es visto por gran parte de los hombres, y también de muchas mujeres, como una “exageración” o “ganas de llamar la atención”.

Desde siempre, las mujeres han preferido cambiarse de acera, hacerse las desentendidas o literalmente huir antes que confrontar a sus acosadores. Además, debido a la incompetencia de las autoridades, la mayoría deciden no denunciar para no verse envueltas en una doble victimización: primero por parte del agresor y luego por el sistema de justicia que suele poner en duda la veracidad de las denuncias e intenta responsabilizar a las víctimas preguntándoles cosas tan absurdas como por qué iban solas y qué tipo de ropa traían.

Ocho de cada diez mujeres mayores de 14 años aseguran haber sufrido algún tipo de acoso callejero

Esta ausencia de denuncias ha provocado que la percepción de la gravedad del problema sea mucho menor, cuando en realidad, ocho de cada diez mujeres mayores de 14 años aseguran haber sufrido algún tipo de acoso callejero. Según la Ley de acceso a una vida libre de violencia, que opera en la Ciudad de México desde marzo de 2008, el acoso callejero es un tipo de violencia sexual que abarca desde las miradas, los chiflidos y los comentarios, hasta el contacto físico. Sin embargo, a pesar de estar tipificado por esta misma ley como un delito, no se prevén sanciones para los agresores.

Acoso y libertad de tránsito

El acoso callejero no sólo violenta el cuerpo de las mujeres, sino que vulnera su libertad de tránsito; es decir, a pesar de que, en teoría, el espacio público nos pertenece a todos, las mujeres no podemos transitarlo con la misma libertad con que lo hacen los hombres.

Desde siempre, las mujeres han preferido cambiarse de acera, hacerse las desentendidas o literalmente huir antes que confrontar a sus acosadores.

Antes de ir a algún lado, las mujeres siempre debemos considerar cosas como la hora del día, que los lugares por los que pasaremos no estén demasiado oscuros o solitarios, y cuando pasamos necesitamos corroborar varias veces que nadie nos siga… Para nosotras, hacer uso de la vía pública significa no bajar la guardia en ningún momento, al grado de que existen determinadas partes de la ciudad o determinados horarios en los que es impensable que salgamos a la calle, a no ser que “nos estemos buscando algo”.

Nuestra cultura enseña a las mujeres a “cuidarse” en lugar de enseñar a los hombres a no atacar

Mientras que las mujeres tienen que pensar todas estas cosas cada vez que andan solas, o acompañadas de otras mujeres, los hombres rara vez se preocupan por su seguridad cuando van solos y mucho menos cuando van en grupo. Al final de cuentas, el espacio público no es tan de todos como pensamos. 

El estrés de vivir a la defensiva

Vivir el acoso de manera constante es agotador. Todo acto en nuestra rutina se vuelve un factor que podría marcar la diferencia entre ser o no ser acosadas: ponerse falda o pantalón, caminar por una acera o por otra, cruzar en determinada esquina o esperar, mirar o no mirar directamente a los hombres que nos encontramos en el camino, etc. Debido a que nuestra cultura enseña a las mujeres a “cuidarse” en lugar de enseñar a los hombres a no atacar, el acoso pasa a ser enteramente nuestra responsabilidad: hay que evitar provocarlo, aún cuando la mayoría de las veces da igual la ropa que llevamos, la hora, o si había mucha o poca gente en la zona.

Esta situación es la causante de que gran parte de las mujeres transitemos continuamente estresadas y gran parte de nuestra energía se vaya en preocuparnos por nuestra seguridad en la calle. Precisamente por eso, denunciar y combatir el acoso callejero no sólo se trata de hacer valer nuestro derecho al espacio público, sino también de exigir nuestro derecho a vivir en paz.