Sexualidad

3 citas, 3 nacionalidades: el arte de compartir las sábanas

Aprendí a dominar el lance sexual muy tarde; la verdad es que demasiado t-a-r-d-e. Pero, una vez que lo atrapé (el arte de compartir las sábanas), me dispuse a disfrutar cada momento, desde el primer beso antes de comenzar el jugueteo, hasta los actos que a veces resultan algo kinky. He aquí tres historias con entrepiernas de diferentes países…

Cita uno: la dominatrix

Mi primer match (justamente el que me hizo comenzar mi peculiar gusto por Tinder), resultó ser un judío originario de ese país tan amado al norte del Líbano: Israel.

Parecerá novela de Mastretta, pero no. J. resultó ser millonario y dueño de una cadena hotelera en México. Había venido a la Ciudad de México por negocios y, por supuesto, su perfil en Tinder no denotaba en absoluto algún vestigio de que fuera un apuesto judío de cartera grande. Era rico, pero no idiota, pues.

«Parecerá novela de Mastretta, pero no. J. resultó ser millonario y dueño de una cadena hotelera en México».

Fuimos a Polanco, lo cité (obviamente) en el Celtics Pub de Av. Presidente Masaryk, (digo “obviamente” porque la que esto escribe no bebe alcohol que no sea cerveza artesanal, whisky o vino).

Llegué primero; él entró con un suéter azul claro colgado al cuello y amarrado por delante. “¿Quién usa el súeter así en estos tiempos?”, pensé. Pero olvidé ese juicio cuando le vi su torneado y moreno cuerpo. Pedimos una, dos, tres cervezas… yo, porque él no salió de varios tonics.

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Caminamos ya algo ebrios por esa avenida de Polanco donde desfilan boutiques de todo el mundo. En fin, a las dos cuadras escuchamos una fiesta privada en un restaurante mexicano que está casi esquina con Mariano Escobedo. Para entonces sólo me había contado de sus aventuras como empresario, no más, nada de hoteles de lujo, ni de billetes verdes a su cargo. Sin embargo, una vez sentados, esperando la siguiente ronda de drinks con algún whisky carísimo, nos besamos. Y sí, tras el intercambio de fluidos, tuvo la total confianza de acariciarme la rodilla, dejar reposando ahí su mano y contarme que era el dueño de (elija usted el nombre de cualquier hotelera millonaria) una importante empresa.

Ya para esa hora de la madrugada, el tipo me había caído tan bien y me hacía soltar tanta carcajada que acepté ir por una última bebida al sitio donde estaba hospedado. La coctelería del hotel nos preparó una margarita de tamarindo gigante, y yo, que ya estaba más que a gusto, le pedí que nos quedaramos tirados en el sofá del lounge.

Pero mis piernas no pudieron obedecer a mis palabras porque, 15 minutos después, mi ropa interior iba cayendo en la alfombra de su habitación en el noveno piso, sus ojitos israelíes me desvestían y mis manos le apretaban esos gruesos brazos.

Comenzamos con un sexo tierno, tranquilo y sobrio, hasta que saqué el papel de esa Javiera que se sabe “manosear” a su antojo. Le pedí al israelí que me mordiera, aquí, allá, más abajo, ahí, justo, más fuerte…

«Le pedí el clásico 69, pero no fue hasta que, jadeando después de varias marometas, cuando solté un “ahórcame”».

Sacó su lengua de mi boca sólo para preguntar si de verdad había dicho eso, “anda, ahórcame”, y lo hizo. No soy para nada una experta de la hipoxifilia, pero lo había probado un par de veces antes y J. lo hizo muy bien.

Después de la primera eyaculación, me abrazó y, casi sin aliento, me dijo que le di miedo, que no sabía si, por satisfacerme, me estaba mordiendo muy fuerte o que ahorcándome me mataría.

Con la mayoría de hombres me considero lo más random en la cama; nada especial, sólo gustos peculiares, pero mi cita con Mr. Israel me colocó en la posición de experta: “nunca había tenido sexo tan abiertamente y tan divertido. ¿Todas las mexicanas son como tú?”, preguntó. Reí.

Cita dos: la cursi escritora

Nunca me llamaría a mí misma “escritora”, (no hasta que logre escribir el libro que quiero escribir con la narrativa que siempre he querido escribir). Pero bueno, así me llamó él, “la escritora”, un portugués de rizos castaños. Hasta la fecha, no sé con exactitud cuál era su profesión; me limité a escucharle que algo tenía que ver con el estudio de las células.

La misma noche que le conocí por la aplicación, quedamos en vernos. Es que ese era el último día que la pasaba bajo cielo mexicano. ¿El lugar? Una cervecería internacional en la colonia Roma. ¿La hora? 8 pm ¿Las intenciones? Claras (pues ya no iba a estar en la ciudad).

«Fue como el cliché que me había hecho en la mente: R. era tierno, fanático de Saramago, de la playa de Portugal, de las historias escondidas…»

Portugal fue el hogar de uno de mis escritores de cabecera hace algunos años: José Saramago. Quizá fue mi yo lectora la que dijo: “ve a beber una cerveza con R.”, y sí, fue como el cliché que me había hecho en la mente: R. era tierno, fanático de Saramago, de la playa de Portugal, de las historias escondidas… y hasta tocaba la guitarra.

Platicamos por horas sobre las culturas de cada uno, sobre lo mucho que me costaba distinguir si Saramago estaba sobrevalorado o no. Me intentó explicar con manzanitas lo que hacía con las células en su trabajo. Y, una vez que nos corrieron del bar (porque era lunes y cerraban a las 10 pm), caminamos hasta que me llevó a un restaurante italiano, cenamos tapas, pasta y vino (como en las escenas comunes de los libros).

«Lo más “atrevido” que hicimos fue dejar los gigantes ventanales abiertos para que no entrara más luz en la habitación que la del cielo».

¿El postre? Lo dejamos para las sábanas de su hotel. El sexo fue romántico, tranquilo. Me puse “la camiseta de chica tierna”, esa que lee novelas de amor enamorado, y follamos con la luz de la luna encendida, porque lo más “atrevido” que hicimos fue dejar los gigantes ventanales abiertos para que no entrara más luz en la habitación que la del cielo.

Cita tres: flojita y cooperando (lo mejor está al sur)

“Lo único que conocía de Colombia era la historia de Pablo Escobar”, eso le dije mientras estábamos empiernados en la cama de su departamento blanco, al poniente de la ciudad.

Se llama N. De él les contaré en presente porque, mientras escribo este artículo, he quedado ya con él en Whatsapp para vernos de nuevo. Me ha gustado (eso me asusta) y me ha dejado con las piernas y la sonrisa en plena dicha.

Con N. estoy experimentando el mejor sexo oral de mi corta vida. La primera cita fue en uno de mis rincones favoritos de esta ciudad: La Graciela, en la colonia Roma. Favorito de favoritos aunque, cada vez que salgo de ahí, termino sin la mitad de la quincena.

Al punto… Después de quizá cinco horas en el bar, lo acompañé a la puerta de su departamento, que estaba a un par de cuadras. Me invitó a subir, estuvimos platicando sobre la emperatriz Carlota y un texto que había escrito yo sobre ella unos meses antes.

«Me dijo: “hazme un 14”, y yo lo primero que pensé fue en el Kamasutra»

Reímos hasta que casi sale el sol, cuando comenzamos a bromear y comparar “jergas” colombianas y mexicanas. Como cuando me dijo: “hazme un 14”, y yo lo primero que pensé fue en el Kamasutra; pero, en realidad, me contó que en Colombia esa expresión se usa como cuando acá en México uno quiere decir: “hazme un paro”.

Después de eso, ya casi para las 5 am, no nos habíamos ni rozado las mejillas, ¡ni tomado las manos! Tal vez por eso, al entrar a su cuarto, nos deseamos más.

«“Es del sur, claro que es del sur”, pensé, mientras le acariciaba la cabellera»

No hubo coito, he de confesar. De hecho… hasta hoy, siendo las 4:16 de la tarde de un día de julio de 2016, seguimos sin tenerlo; sin embargo, hay algo que no puedo dejar de quitar de mis sueños y de mis días desde el sábado pasado que lo conocí: la forma en que su lengua hacía círculos en mi vagina.

N. viajó con sus labios desde mis clavículas hasta llegar a mi entrepierna; metió su cabeza y yo sólo me dejé llevar. “Es del sur, claro que es del sur”, pensé, mientras le acariciaba la cabellera (ya sudada).

Iba y venía; sus dedos y mi cadera hacia arriba. Le devolví el placer adueñándome de su erecto pene, acariciándole su todo, haciéndolo jadear… hasta que volviera a desearme con las ganas con las que gobernó mis piernas; me las levantó por última vez, las enroscó de una forma en la que no pude más que soltar tremendos jadeos. No hay duda, N., diseñador gráfico, que partió desde Colombia hacia Chicago, y de Chicago a México, ha sido mi nacionalidad favorita en Tinder, el tipo del apartamento blanco con el que iré a la Cineteca esta noche, el colombiano que conquistó la parte sur de mi cuerpo.

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